Por Wal Polanco
En la era de la hiperconectividad, los límites de la identidad parecen diluirse con la misma velocidad con la que se desliza un reel en Instagram o un video viral en TikTok. Lo que durante años fue una conversación marginal en foros digitales hoy se manifiesta en patios escolares, grupos de mensajería y espacios juveniles: adolescentes que se autodenominan Therians, jóvenes que afirman identificarse espiritual o psicológicamente con un animal no humano.

No se trata según quienes se identifican así de un simple juego de disfraces ni de una moda estética. Para muchos, es una convicción profunda: aseguran que su “verdadero yo” es un lobo, un gato, un zorro o un ave. Algunos hablan de “memorias” instintivas; otros, de una conexión espiritual con una especie. En plataformas digitales abundan tutoriales para “despertar tu animal interior”, comunidades privadas y testimonios que refuerzan la narrativa.

La pregunta que surge, inevitable, es incómoda: ¿estamos ante una nueva frontera de la libertad identitaria o frente a una crisis de identidad profunda amplificada por algoritmos?

Aunque no existen censos oficiales que contabilicen a los Therians como categoría sociológica formal, sí hay indicadores del alcance del fenómeno. En TikTok, el hashtag #therian ha acumulado cientos de millones de visualizaciones a nivel global. Videos de jóvenes explicando cómo “descubrieron su especie” o mostrando comportamientos asociados al animal con el que se identifican reciben miles de comentarios de apoyo.
De acuerdo con datos de la firma de análisis digital DataReportal, más del 70 % de los adolescentes en América Latina consume contenido en video corto diariamente. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, ha advertido sobre el impacto de las redes sociales en la construcción de identidad juvenil, señalando que los entornos digitales influyen de manera decisiva en la autoimagen y la percepción de pertenencia.
En República Dominicana, según cifras del Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (INDOTEL), más del 85 % de los jóvenes entre 12 y 24 años tiene acceso regular a internet. Esa conectividad masiva convierte cualquier subcultura digital en un fenómeno potencialmente expansivo.
Desde la óptica periodística, estamos ante un proceso claro de viralización cultural: una narrativa minoritaria que encuentra amplificación en plataformas cuyo algoritmo privilegia lo llamativo, lo disruptivo y lo emocionalmente provocador.
¿Qué dicen quienes se identifican como Therians?
Para comprender el fenómeno, es necesario aplicar un principio básico del periodismo: escuchar todas las voces involucradas. Quienes se identifican como Therians insisten en que no padecen un trastorno ni buscan llamar la atención. Alegan que su identidad animal es una dimensión interna, no física. No creen que su cuerpo haya cambiado; aseguran que su esencia, su “alma” o su psicología se alinea con la de un animal.
Algunos psicólogos explican que, en la adolescencia etapa descrita por Erik Erikson como el período de “crisis de identidad versus confusión de roles”es común experimentar exploraciones intensas del yo. La diferencia actual radica en la amplificación digital: lo que antes podía quedar en un diario íntimo, hoy encuentra comunidades de refuerzo inmediato.
Aquí surge un concepto clave: validación algorítmica. Cuando un adolescente publica un video expresando que se siente lobo y recibe miles de “me gusta” y comentarios de apoyo, la plataforma no solo distribuye el contenido; también legitima la narrativa. La repetición constante crea una sensación de normalización.
Más allá del análisis sociológico, este fenómeno toca fibras espirituales profundas. En el Nuevo Testamento encontramos reiteradas referencias a la naturaleza humana como creación única, dotada de espíritu y capacidad de relacionarse con Dios. La Biblia establece con claridad que el ser humano fue creado a imagen y semejanza del Creador. No se trata de una interpretación aislada, sino de una doctrina sostenida a lo largo del texto bíblico.
Desde esta perspectiva, afirmar que la identidad esencial de una persona pertenece a otra especie plantea una tensión teológica evidente. Si Dios no es un Dios de confusión como sostiene la tradición cristiana entonces la confusión identitaria no proviene de Él.
La pregunta no es si debemos amar al joven que se identifica como Therian. La respuesta cristiana es siempre sí. La cuestión es si amar implica validar cualquier afirmación identitaria sin discernimiento.
Como periodista y como creyente, considero que no. Amar no es abdicar de la verdad; es acompañar con claridad.
Uno de los aspectos más delicados del debate es el rol de los padres. Si un hijo afirma que su “verdadero yo” es un lobo o un gato, ¿la respuesta debe ser celebración automática o guía firme?
En una cultura que eleva la autoexpresión como valor supremo, cualquier intento de corrección puede etiquetarse como intolerancia. Sin embargo, la crianza responsable implica dirección. Un hijo sin orientación es vulnerable a cualquier corriente ideológica o digital.
El concepto de “identidades líquidas”, popularizado por el sociólogo Zygmunt Bauman, describe sociedades donde las estructuras sólidas —familia, religión, comunidad— pierden peso frente a narrativas individuales cambiantes. En ese contexto, los adolescentes buscan pertenecer a algo que les otorgue sentido.
La pregunta es: ¿qué les estamos ofreciendo como alternativa?
Si la única comunidad sólida que encuentran está en un foro que les dice que son un animal atrapado en un cuerpo humano, el problema no comienza con el foro; comienza con el vacío.
¿Crisis de salud mental?
La Organización Mundial de la Salud, Organización Mundial de la Salud, ha advertido que uno de cada siete adolescentes en el mundo vive con algún trastorno mental diagnosticado. La depresión y la ansiedad se han disparado en la última década.
No sería periodísticamente responsable afirmar que el fenómeno Therian es sinónimo de trastorno mental. Sin embargo, tampoco sería riguroso ignorar que muchos adolescentes que buscan identidades alternativas atraviesan procesos de angustia, aislamiento o baja autoestima.
Algunos especialistas plantean que identificarse con un animal puede representar un mecanismo simbólico de escape: el animal no enfrenta las presiones académicas, sociales o familiares que abruman al joven. El lobo es fuerte, el gato es independiente, el ave es libre. Adoptar esa identidad puede ser una narrativa de supervivencia emocional.
Aquí el término clave es desplazamiento identitario: cuando el individuo traslada su conflicto interno a una figura simbólica que percibe como más fuerte o auténtica.
En sociedades democráticas defendemos la libertad individual. Cada persona tiene derecho a expresar cómo se percibe. Pero la libertad no elimina la pregunta ontológica: ¿qué es el ser humano?
Si todo es subjetivo, si la identidad es únicamente percepción interna, entonces la realidad biológica y espiritual pierde relevancia. Entramos en el terreno del relativismo absoluto, donde ninguna afirmación puede evaluarse como verdadera o errónea.
Desde una cosmovisión cristiana, el ser humano no es un accidente evolutivo sin propósito, ni una conciencia intercambiable entre especies. Es una criatura creada con dignidad inherente.
Decir esto no implica desprecio hacia quienes piensan diferente; implica afirmar una convicción.
Como periodista, no puedo ignorar la responsabilidad mediática. ¿Estamos cubriendo el fenómeno con equilibrio o contribuyendo a su espectacularización?
El periodismo debe evitar dos extremos: la demonización simplista y la romantización acrítica. Convertir a los Therians en “monstruos culturales” solo profundiza la polarización. Pero presentarlos como la nueva vanguardia sin cuestionamiento también distorsiona la realidad.
Nuestro deber es contextualizar, investigar, contrastar fuentes y ofrecer análisis basado en datos, no en pánico moral ni en propaganda ideológica.
¿Señal de alarma espiritual?
Cuando observo el fenómeno desde una perspectiva espiritual, veo más que jóvenes con orejas de lobo en un parque. Veo una generación sedienta de identidad, de propósito y de pertenencia.
Si nuestros hijos buscan encontrarse en la figura de un animal, quizá el problema no es únicamente la red social; es la ausencia de una narrativa fuerte que les recuerde quiénes son.
La fe cristiana ofrece una identidad clara: hijos de Dios, creados con intención, llamados a propósito. Cuando esa verdad no se transmite con convicción y amor, otros relatos ocupan el espacio.
Un hijo sin dirección es un regalo para el enemigo; un hijo con identidad es una flecha en manos del guerrero. La metáfora es contundente porque la batalla es real, aunque no siempre visible.
No podemos permitir que el relativismo digital diluya la dignidad humana. Tampoco podemos responder con histeria colectiva. La solución no es la burla ni la expulsión social, sino el acompañamiento firme.
Como sociedad, necesitamos fortalecer la familia, la educación con valores y la espiritualidad consciente. Necesitamos alfabetización digital que enseñe a los jóvenes a cuestionar lo que consumen.
Los Therians no son el enemigo. Son el síntoma. El síntoma de una generación que navega en mares de información sin brújula clara.
La pregunta final no es si prohibiremos esta subcultura. La pregunta es si ofreceremos algo más sólido que un algoritmo.
Porque cuando la identidad humana se fragmenta en mil narrativas digitales, la tarea urgente no es gritar más fuerte, sino anclar más profundo.
Y ese ancla, para muchos de nosotros, sigue siendo la verdad de que el ser humano fue creado con propósito, con espíritu y con un lugar único en la creación.
