República Dominicana.- La sociedad contemporánea asiste a un fenómeno que desafía no solo la lógica biológica, sino los cimientos mismos de la antropología judeocristiana: el auge de los Therians. Bajo este término, un número creciente de adolescentes afirma poseer una esencia animal, una identidad que trasciende lo lúdico para instalarse en una convicción psicológica y espiritual. Lo que el análisis superficial califica como «moda», un periodismo responsable debe denunciar como una señal de alarma espiritual.
Las métricas no mienten. El tráfico digital en torno a estas subculturas ha escalado un 40% en el último bienio, impulsado por algoritmos que recompensan la disociación. Estamos ante una generación que, en su búsqueda desesperada de pertenencia, está siendo empujada al abismo del relativismo digital.
La confusión no es un derecho, es una crisis
Como medio, sostenemos una verdad ineludible que resuena en las páginas del Nuevo Testamento: Dios no es un Dios de confusión. A través de más de 46 menciones directas e indirectas sobre la naturaleza humana, la Escritura es taxativa al establecer que el ser humano es el único ser con un espíritu capaz de relacionarse con el Creador.
El intento de «especie-fluidez» no es un avance en la libertad individual; es una renuncia a la dignidad intrínseca de ser humanos. Cuando un joven afirma que su «verdadero yo» es un lobo o un ave, la respuesta social no debe ser una tolerancia pasiva que valida el error. Lo que se requiere es una guía con autoridad.
El editorial de hoy es un llamado a la acción para los padres. En el lenguaje de la formación de carácter, un hijo sin dirección se convierte en un blanco fácil para las corrientes ideológicas del momento; un «regalo para el enemigo». Por el contrario, un hijo con una identidad anclada en la verdad es una «flecha en manos del guerrero», lista para impactar positivamente su entorno.
La premisa es clara: No podemos permitir que el espejismo de las redes sociales les robe a nuestros jóvenes su naturaleza. La labor del adulto no es ser cómplice de la confusión, sino ser el faro que guía de vuelta a la orilla de la realidad.

